El llanto de Balmayor
Pa ra Balmayor, el amor era un desgarro enorme que aguijoneaba los costados más desnudos de su alma. En otras palabras, el amor le dolía y le sangraba. Como aquellos raspones en pleno invierno que se hizo una tarde al caerse de la bicicleta en la esquina del Banco Provincia, al frente de la plaza, justo delante de ella. Las noches de escarcha a la salida del club luego de las interminables partidas de ajedrez que se jugaban bajo las luces amarillentas del bar, aislados del mundo por los grandes ventanales empañados por el frío, el aliento de los parroquianos, los célebres vapores de la ginebra y la soledad. Así se fue modelando el sentimiento de Balmayor; jovencito movedizo, buscador y sensible. Él había sentido muchas veces el impacto de la conmoción. Ya sabía llorar y luchar por las multitudes olvidadas que mostraba su corazón en los rostros buenos y mansos de la pobreza. También sabía llorar cuando su viejo le dejaba el rastro de una caricia en la cabeza o le regalaba un segun...