Susana, Martín y Leonardo



Estoy llorando como un niño. Sin pudor. Es madrugada. Hace unos días le hice una broma a una amiga entrañable además de poeta alucinada y magistral. Como hacía muchos días que no hablábamos ni sabía nada de su vida, le mandé un mensaje: “Ella, ella ya me olvidó… yo, yo la recuerdo ahora…” Las personas de mi edad se acordarán de esta frase que indefectiblemente nos hace tararear una canción de los años sesenta. De 1969 más precisamente”.

La poeta dio señales de vida a las pocas horas y eso me alegró, aunque me confesó que su trabajo era cada vez más arduo y que cada vez tenía menos tiempo. La pandemia, sus hijos, su madre, su trabajo, la vida y todas esas cosas la tienen de acá para allá. Nos saludamos, y poco más. Me prometió que me iba a llamar pronto. Estoy esperando.

Aquella canción me quedó dando vueltas en el corazón. Anoche la busqué porque no me acordaba bien cómo seguía la letra. Busqué en YouTube y ahí está. Festival de Viña del Mar de 1997. Estallido popular, alaridos enamorados, gritos de admiración. Aparece el animador. Son todos iguales y todos dicen lo mismo. Lo anuncia. Dice su nombre. Y aparece él con su timidez. 

Leonardo Favio de jean, camisa blanca, pañuelo en la cabeza. El mismo gesto de siempre. Fragilidad. Niño abandonado. Vulnerable. Solo. Varón por todos lados. Ovación. Video en blanco y negro. Empieza a cantar. “Ella, ella ya me olvidó… yo, yo la recuerdo ahora…” La escuché varias veces. Me emocioné mucho. Por eso lloro.

Década del ochenta. Quizá 1986/87. Plena democracia. Yo ya había vuelto hacía unos años de España, y tuve el privilegio de conocer a un tipo maravilloso: Martín Andrade, que en realidad se llamaba Juan Manuel Costa Andrade. Chileno. Escritor, periodista, dramaturgo, actor (trabajó en muchísimas películas), director de teatro, compañero.  Hacía poco tiempo que habían vuelto de su exilio en Italia, junto a su mujer Susana Degoy (se pronuncia Deguá) y su hija Antonella. Susana, además de ser una brillante intelectual, gran escritora y ensayista cordobesa, tenía una dulzura única. Bella. Sobrina nieta de Niní Marshall, estudiosa de Federico García Lorca y su obra, docente inconmensurable. Antonella era una niña muy inquieta que interrumpía cada diez segundos cualquier charla que tuviéramos en las mesas de La Tramoya, un bar que estaba frente al Teatro San Martín, en la avenida Vélez Sarsfield. O en Las Musas, también enfrente del teatro y en la misma avenida. Antonella no paraba. Vitalidad y energía para exportar. Pequeña. Piel blanca. Muy blanca. Delgadita. Habladora, imparable. Pocos años después se cumplió su destino y se convirtió en una gran actriz. Antonella Costa, la inolvidable protagonista de Garage Olimpo, entre otras muchas películas y obras de teatro.

Un día cualquiera, Martín me llama a casa por teléfono (épocas de teléfono fijo) y me dice que me espera con un amigo en el Hotel Crillón, que ya no existe más. Ahí en la calle Rivadavia, donde la vereda se hace ancha en un gran rincón, frente a un gran árbol que todavía está, con un gran cantero. “Te espero en la habitación 304. Vení a comer con nosotros. Te quiero presentar a un amigo del que te hablé muchas veces”.

Al rato me fui caminando. Yo vivía en el centro y eran unas pocas cuadras. Avisé en la conserjería que me esperaban en la habitación 304. El telefonista me preguntó el nombre y llamó. Le dijeron que me diga que suba. Ascensor. Tercer piso. Treinta segundos. Golpeo la puerta y me abre Martín. Nos damos un abrazo.

Un segundo después lo veo. De pie. Apoyado en un mueble parecido a una cómoda pero más alta. “Te presento a Leonardo”. Me quedé paralizado y en silencio. Unos segundos. Leonardo se acercó y me dio un abrazo. La sorpresa duró unos cuantos segundos. Sonrió. Y Martín intervino, con seguridad, ya se lo habría dicho como anticipo del tipo que le presentaría. “Con Pepe hablamos todos los días de literatura, de teatro, de fútbol, de política, y de vos. Vio tus películas y siempre dice que sos uno de los artistas de este siglo más importantes de la Argentina nacional y popular que algún día recuperaremos”. Leonardo rió con muchas ganas y me dio otro abrazo.

Fumamos unos cigarrillos y bajamos al restaurante. La comida, sencilla nomás. Un vino tinto. Agua mineral. Y luego de un par de horas de poemas recitados, de recuerdos y preguntas, obras de teatro y películas; de hablar de nosotros y de la vida. Nuestros dolores, alegrías, silencios y soledades. Nuestras propias músicas. Llegaron los cafés y la sobremesa. En un momento inesperado, me preguntó: “Pepe, ¿qué harías si tuvieras que hacer una película ahora? ¿Cuál harías entre estas dos opciones? ¿Severino Di Giovanni o Gatica? Ni lo pensé. “Las dos. No me hagás elegir. Es injusto”, le contesté. “La de Severino sería maravillosa. Reivindicar a un obrero, poeta y periodista que fue fusilado tan joven por pensar y militar por sus ideales con toda la convicción que había en el mundo”. Me miró como queriendo más. “Y agregué: pero también Gatica sería recuperar la historia de un ídolo popular como muy pocos. Que además, era peronista como nosotros”, sentencié. Sonrió con ternura, lo miró a Martín y dijo: “Este argumento sobre Gatica es determinante", me dijo riéndose. Y agregó "después de este almuerzo, sólo quiero celebrar este encuentro”.  

 Nos despedimos con un abrazo interminable. Ya frente a los ascensores. En el hall del hotel nos volvimos a abrazar. Leonardo vive en mi corazón, como Martín y Susana, amigos inolvidables. Por eso lloro. Como un niño lloro, mientras los recuerdo y escucho otra vez las canciones de mi adolescencia. 

Cuando en 1993, varios años después de aquel encuentro, vi la película Gatica, y como si eso fuera poco, a Martín haciendo el papel de Lázaro, el entrenador del boxeador; lloré desde el principio hasta el final. No podía dejar de pensar en aquel encuentro en Córdoba, cuando me preguntó qué película haría.

                                                              A Susana Degoy, Martín Andrade y Leonardo Favio, in memorian


Crónica del libro inédito "Con el corazón en las manos", (2023)

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