Buenos Aires, año 1972
Llegamos a la pensión alrededor del mediodía. Era martes. Un pasillo largo y angosto. Bajoneante. Baldosas flojas. Paredes descascaradas. Un par de macetas con flores marchitas, y al final, el patio. Ahí nos miramos con Daniel, luego de unos segundos de duda, en los que cada uno pensó en la mierda de lugar al que habíamos ido a parar. Nos pusimos de acuerdo en silencio. Era eso o nada. Calle Salta. Pleno barrio de Constitución. Golpeamos las manos y nos atendió una señora con cara de haber vivido todo. Cabello enrulado teñido de tono rojizo, en ojotas y con un pantalón floreado muy ajustado que sostenía carnes y amores indelebles. Alquilamos una habitación. A pesar del paisaje oscuro y deprimente, una vez que subimos la escalera y dejamos los bolsos en el piso, nos sonreímos contentos. Por fin. Teníamos casa en Buenos Aires. Daniel eligió su cama. No me quedó más remedio que ocupar la única que quedaba vacía. Un ejemplar del diario Crónica del domingo estaba sobre una pequeña m...