El mejor gol de Diego Maradona
Podría contar varias historias que tuve el privilegio de vivir con Diego
Armando Maradona debido a mi trabajo de periodista, y de este modo, cumplir con
mi amigo Fernando Viano, periodista y poeta, que me llamó desde La Rioja para
invitarme a escribir algo sobre el mago de la pelota de trapo, que creció entre
la pobreza y el hambre, en el corazón del olvido y la indiferencia.
Lo primero que le dije fue que contara conmigo. Pero luego
me di cuenta de que no me resultaría sencillo hablar de Diego sin emocionarme y
sin caer en lugares comunes. Mientras escribo, se me caen las lágrimas. Por la
muerte de un gran tipo. Generoso, solidario, rebelde, valiente, compañero.
No tengo doble moral ni doble discurso. A las personas que
quiero, las quiero. Como sean. Siempre. No voy a ir por dos grandes avenidas
para hablar de él. Para recordarlo. Voy ir sólo por una callecita de tierra,
pateando piedras, si es preciso, pero en una sola dirección.
Podría contar varias historias. Una, cuando le hice la
primera entrevista por teléfono. Trabajaba en La Voz del Interior de Córdoba y
la agenda imponía saber algo de él en esos momentos. El jefe de la sección
Deportes, entre vencido de antemano y obligado por las circunstancias (estaba
claro por sus gestos y sus palabras que no tenía ninguna expectativa) me dijo
que intentara hablar con Maradona. Conseguí el teléfono de su casa y hablé.
Primero con Claudia, que fue quien me atendió. Luego con él. Inolvidable.
Otra fue cuando me llamó un día para decirme que Newell’s
Old Boys jugaba en Córdoba contra Belgrano, algo que yo sabía porque tenía que
ir a cubrir ese partido para el diario. El plantel del equipo rosarino estaba
concentrado en un hotel del centro de Córdoba, sobre la calle San Jerónimo. Yo
estaba en la Redacción del diario y uno de los telefonistas me pasó una
llamada, diciéndome: “Pepe, te llama un tipo que dice que es Maradona pero
no me pareció su voz. Si es una joda, no me hago cargo”, sentenció con una risa
entre la ironía y la duda. Y era él nomás. Quería que al día siguiente, luego
del partido, moderara la rueda de prensa en la que iba a estar como capitán
leproso, junto a Nelson Rosané, el capitán del equipo cordobés.
Hay varias para contar. Cuando le hice una entrevista en
Buenos Aires. Yo trabajaba en el diario El Expreso, un proyecto editorial que
apenas duró un par de años. Me contó muchas intimidades de la selección
argentina, y nos dejó varios títulos que hicieron mucho ruido en todo el país.
Sobre todo en los medios porteños, que al otro día “levantaron” sus
declaraciones, muchos de ellos me llamaron para que les contara cómo había
conseguido esa entrevista y para que hiciera una semblanza del estado personal de
Diego. Obviamente, no hablé con nadie porque todo lo que tenía que decir,
estaba escrito en la entrevista. Y de lo personal, no tenía por qué hablar.
También cuando le hice una nota en el predio de la AFA, en
Ezeiza, mientras el plantel argentino se estaba preparando para el Mundial de
Estados Unidos, en 1994, y él había vuelto luego de la catástrofe que fue jugar
el repechaje con Australia como consecuencia de aquella derrota inesperada y
dolorosa del cinco a cero frente a Colombia en el Monumental, cuando todo el
estadio empezó a gritar “Maradooo, Maradooo…” mientras Diego estaba en la
platea mirando la debacle de sus antiguos compañeros que no podían parar a
Valderrama, Asprilla, Rincón y compañía.
Podría seguir contando todas las veces que lo vi o hablé con
él por mi tarea periodística aunque sólo fueran estos enunciados insustanciales
y de escaso interés. Pero después de repasar todas o casi todas esas
experiencias con Diego, elijo una que me dará el pie para contarles una
historia que para mí es una síntesis perfecta de quién era Diego Armando
Maradona. Y en este instante, me convierto en cronista. Me bajo del escenario
personal.
Se estaba por jugar la Copa América 1995 en Uruguay. Por lo
que hubo que hacer muchas reuniones en la redacción para prepararnos y
organizar todo antes de viajar a Paysandú, la ciudad sede donde iba a jugar
Argentina.
Integramos un equipo con periodistas y fotógrafos de El
Expreso para cubrir aquel torneo. En esos días previos al inicio del
campeonato, pensamos cómo diferenciarnos de los otros medios, para darle a
nuestros lectores, un suplemento deportivo con una mirada y un tratamiento
diferente. Y entre todas las cosas que resolvimos hacer, una fue hablar con
Diego para que se sumara como columnista exclusivo de los partidos de la
selección argentina, que en aquellos días dirigía Daniel Pasarella.
Pablo Llonto, gran periodista y compañero en el diario en
esos momentos, era muy amigo de Diego desde hacía muchos años. De cuando
trabajaba en Clarín y le encargaron la cobertura de Argentino Juniors por la
aparición de un pibe que la rompía, siendo poco más que un niño. En esos
tiempos se conocieron y forjaron una relación de amistad profunda y fraternidad
eterna. Por eso, a Pablo le tocó la tarea de llamarlo y preguntarle si le
interesaba la idea de sumarse como columnista. Le dijo que sí de inmediato. Nos
sentimos gigantes a pesar de nuestra pequeñez comunicacional.
Pero ahora no quiero escribir nada sobre fútbol. No quiero
recordar a Diego haciendo caños, sombreros y chanfles incomparables. Eso ya lo
vieron todos. Ya lo saben todos.
Ya les conté que Pablo conoció a Diego en los años setenta,
cuando apareció en el club de La Paternal. Pero la vida tiene idas y vueltas.
Pasaron los años. Muchos. Ya estábamos en los noventa. En los años
desagradables de pizza y champagne.
Y luego de varias semanas de luchas y demandas gremiales de
los compañeros periodistas en el grupo monopólico manchado de sangre, a Pablo
lo echaron junto a otros compañeros trabajadores.
Por supuesto, a las pocas horas, Diego se había enterado de
lo sucedido y tomó una decisión que todo el ambiente periodístico de Buenos
Aires supo desde entonces. Nunca más le dio una entrevista ni una declaración a
Clarín. En esos años, y en los que siguieron, no tener una declaración
exclusiva de Maradona en uno de los medios más influyentes del país era una
humillación profesional y una derrota comercial que les dolía. Y mucho. Así
actuó Diego con su amigo. Nadie se lo hubiera exigido ni pedido si no lo hacía.
No había ni tenía ninguna obligación de hacerlo. Pero esa manera de ser y estar
en la vida, no iban con D10S. Con el zurdo genial. Con el hombre nacido en la
patria de la exclusión de Villa Fiorito, allá en el sur bonaerense. Ese era su
testimonio. Su manera de ser solidario. De acompañar a Pablo y a otros
compañeros en la dura experiencia de haberse quedado sin trabajo. De mostrarles
a los poderosos que él siempre estaba del lado de los laburantes. Nunca
cómplice de los canallas. Una sola dirección en la vida. Nada de dos avenidas
ni dobles discursos y menos de doble moral.
Maradona, que ya era una estrella mundial que tenía al Papa,
a presidentes, reyes, jeques y a toda la superficial sensualidad del poder y el
dinero a sus pies, peleándose para sacarse una foto con él, había decidido ser
solidario con un laburante al que habían echado injustamente por reclamar
mejores condiciones de trabajo para sus compañeros. Quizá haya otras historias
para contar pero me pareció más oportuno reivindicar la lealtad de Diego cuando
estaba en la cima más alta de la tierra, con un amigo/compañero que la pasó mal
cuando se quedó sin trabajo.
Un golazo. Para mí, uno de los mejores goles de Maradona.
Inatajable. Al ángulo. Inolvidable.
Artículo publicado en el diario Nueva Rioja, 3 de diciembre
de 2020

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