Buenos Aires, año 1972
Llegamos a la pensión alrededor del mediodía. Era martes. Un pasillo largo y angosto. Bajoneante. Baldosas flojas. Paredes descascaradas. Un par de macetas con flores marchitas, y al final, el patio. Ahí nos miramos con Daniel, luego de unos segundos de duda, en los que cada uno pensó en la mierda de lugar al que habíamos ido a parar. Nos pusimos de acuerdo en silencio. Era eso o nada.
Calle
Salta. Pleno barrio de Constitución.
Golpeamos
las manos y nos atendió una señora con cara de haber vivido todo. Cabello
enrulado teñido de tono rojizo, en ojotas y con un pantalón floreado muy
ajustado que sostenía carnes y amores indelebles.
Alquilamos
una habitación. A pesar del paisaje oscuro y deprimente, una vez que subimos la
escalera y dejamos los bolsos en el piso, nos sonreímos contentos. Por fin.
Teníamos casa en Buenos Aires. Daniel eligió su cama. No me quedó más remedio
que ocupar la única que quedaba vacía.
Un
ejemplar del diario Crónica del domingo estaba sobre una pequeña mesita en el
rincón del cuarto. Alguien lo había olvidado. No parecía un servicio de
actualidad para los clientes. Desarmado y manoseado. En la tapa, la foto de un
pibe con cara de loco. Una remera marinera, con unas rayas blancas y otras
oscuras, aunque imagino azules. Había sido detenido. Estaba acusado de cometer
varios crímenes. Un pendejo. No más de 20 años. Ojos saltones. Pelo enrulado:
Robledo Puch.
Ese
fue nuestro primer contacto con la vida real en una ciudad que nos quedaba
grande de todos lados.
Corral
de Bustos no tenía más de diez mil habitantes. Las puertas de las casas nunca
se cerraban con llaves. Ni de día, ni de noche. Es más, en las noches de calor,
todo el mundo dormía con las ventanas abiertas.
Lo
más peligroso que habíamos vivido hasta esos momentos, era recibir alguna
patada de algún jugador de Corralense en el clásico del pueblo. Nuestra
superioridad permanente y la impotencia de esos tipos vestidos de verde,
explicaban todo.
Para
nosotros, Sporting era como jugar en el Barça. Digo más. Era mejor que jugar en
Europa. Teníamos un club maravilloso. Pileta olímpica de natación, canchas de
bochas, básquetbol, tenis. Teníamos una cancha de fútbol con plateas. Como una
cancha de las que se veía por televisión. Bueno, llevado por la pasión, quizá
exageré un poco. La platea no eran más que dos hileras de asientos de madera,
sobre base de cemento. Pero en esos años, en esa zona, era la única. Una
especie de Wembley en medio de la pampa gringa del sudeste cordobés que, por
esas cosas del fútbol regional, mordía una pequeña parte de territorio
santafesino.
Daniel jugaba de ocho y yo de diez. Dos cracks, eso decían algunos. Era un toro. Iba y venía, con una gran pegada de pie derecho. Y mucha clase. Mis virtudes (no está bien que hable de esto) eran algunas. Una buena zurda, bastante habilidad y hacía goles de vez en cuando.
Teníamos
una genética inoculada en nuestra camiseta celeste, con mucha historia y mucho
talento: Chiquito Menteguía (San Lorenzo), el Juan Icardi (volante derecho,
crack como pocos que había jugado en Vélez Sarsfield), el Cholo Feliciani (arquero de
Atlanta), Miguel Alberto Nicolau (gigante que pasó por Boca, San Lorenzo y Olimpiakos
de Grecia), el Cai Aimar (Rosario Central y San Lorenzo). Algunos nombres de
antes. Hay más nombres de después. El Hermes Desio, Fernando Ortiz, el Toro
Genaro, Loeschbor.
Con
esa herencia llegamos. Nos fue muy bien. Debutamos en tercera a los quince días
en Santa Fe contra Colón. Perdimos. Ya estábamos donde queríamos estar. Después
llegaron las lesiones, las suspensiones, la malaria. Puedo afirmar que no
tuvimos suerte. Nos fue muy mal aunque salimos campeones de cuarta por primera
vez en la historia.
No
fue fácil la vida en la concentración, debajo de la platea de la calle Amancio
Alcorta, en el Tomás A. Ducó. Fue hermoso usar esa camiseta blanca con un globo
en el pectoral izquierdo. Mi afecto se quedó para siempre en ese empedrado, en
la caminata cruzando las vías todas las tardes para ir a entrenar a la canchita
de Barracas.
Soledad,
incertidumbre, sueños, esperanzas, dolores, obstáculos, injusticias, cansancio,
nuevos amigos, juventud, ingenuidad, engaños, alegrías breves. Algunas de las
experiencias buenas y malas para los pibes que llegamos del interior a Buenos
Aires, a un club de Primera División con ganas de jugar en primera y llegar a
la selección.
Después
de tantos años pasados, no me olvido de los goles, los triunfos y las derrotas,
los compañeros, los entrenadores. Don Biaggio que nos daba de comer buseca al mediodía
y a la noche, el barcito de al lado de la cancha, el profe Pizzarotti que me
llevó muchas veces a San Fernando en su Renault 12 blanco para ver a Patricia.
No me olvido de nada. No me olvido de las palabras y consejos de Menotti, las
risas con Bonavena, los chistes de Willington, las gambetas de Scalise, las
patadas de Porcari, la clase del Pocho Giuliano y del Tano Giantomassi, las
irónicas observaciones de don Emilio Baldonedo, y el afecto entrañable de
Federico Sacchi con sus consejos.
No
sé si eso me hace bien o mal. A veces una cosa, a veces otra. Después de tantos
años, me di cuenta de que siempre seré un jugador de fútbol, aunque haya tenido
que dejar de jugar a los veinte años por una lesión en el tarso del pie derecho
que me dolía mucho y no me dejaba en paz. Confieso que es una frustración que
vive conmigo. Nada importante para la respiración del planeta, ni para los
problemas del mundo. Mucho menos para millones de compatriotas que andan
ocupados en otros asuntos.
Sólo
quería compartir esta pequeña historia para que sepan por qué, muchas veces
ando con el ceño fruncido.
Crónica inédita del libro "Con el corazón en las manos" (2023)

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