Barcelona '92, la fiesta del mundo


Barcelona, enviado especial para La Voz del Interior (25 de julio de 1992).- No sé cómo empezar. Ustedes lo vieron por televisión y no sería justo repetir lo que ya saben. Pero hay algo que no puedo dejar pasar. Más allá de las fórmulas que se pueden esgrimir para escribir una crónica, tengo la obligación moral y profesional de decir la verdad. Y la verdad, no es otra que haber sido testigo del espectáculo más maravilloso que he visto en mi vida.

¿Cómo se hace para resignar la emoción? ¿Cómo se puede acceder a un elevado estado del alma sin que se perturbe la razón? Seguramente, algún sabio, maestro, mago, alquimista, genio, artista o todopoderoso, debiera tomarme ahora mismo de las orejas y sacarme urgente de la silla que ocupo en la sala de prensa del Estadio Olímpico de Montjuic, y estirar sus manos de pan o estrella, y resolver este jeroglífico que gira y gira sin parar.

A  las 19 (hora española) llegué al escenario mayor acompañado de un grupo de colegas argentinos. Fue un lento peregrinaje ante tanta gente. Apenas un dato.

Banderas de todo el mundo, rostros con todos los rasgos, ropas de todos los colores, y lo que no es poco, un pueblo entero sumado a la gran fiesta para la que se preparó durante varios años. Quizá, esto fue lo más impresionante. No hay ninguna posibilidad de apuntar eufemismos ni intentar tristes metáforas. Todo un pueblo de alegría y convicción. Todo un pueblo de alborozo y delirio. Para ser más claro. Todo un pueblo.

La delegación argentina desfiló encabezada por su abanderado, el jugador de hockey sobre césped, Marcelo Garrafo. Digna, distendida. recibió un cálido aplauso, y el presidente de nuestro país, Carlos Saúl Menem, ubicado en el palco de honor, justo debajo de los reyes Juan Carlos I y Sofía, se puso de pie y saludó el paso de los deportistas. Naturalmente, el contingente de España se llevó la mayor ovación de la noche.

Una anécdota en la noche de las lágrimas (a mi lado lloraban todos, y yo también). Un entreacto de la noche de la fascinación. Un apéndice en el gran diccionario de la experiencia que viví anoche. Quizá, la palabra amor, no alcance para amar. Quizá, el contenido de la comunión celeste de los hombres deba explicarla alguien más autorizado que este periodista provinciano que se acordó de todos a quienes quiere, de todos a quienes admira, de todos a quienes se debe, gracias a esta insobornable vocación. Quizá, algún día pueda cumplir estrictamente con lo que demanda el lector en ocasiones como éstas. Por ahora, sólo puedo derramar mi emoción y esperar que hoy, cuando el diario esté en sus manos en el trabajo, en un bar, en alguna sala de espera, en la mesa familiar, o donde quiera que sea, ustedes puedan compartir conmigo la misma experiencia.

Ojalá, por lo menos, mi corazón se parezca al suyo, aunque más no sea, en el milagroso soplo de un segundo. Final. Sobran las palabras. Desde hoy y hasta el próximo 9 de agosto, los músculos, los cronómetros, la inteligencia y armonía, serán la medida absoluta de los XXV Juegos Olímpicos.

Pepe Novo





Comentarios

Entradas populares de este blog

Una mujer de ojos oscuros y piel de aceituna

Crónica de la primera vez (Barcelona '92)