Una mujer de ojos oscuros y piel de aceituna

 

Hacía treinta años que no la veía. La llamé por teléfono desde Madrid, y cuando oí su voz, recuperé una emoción perdida. La luz cegadora del amor había vuelto y me envolvía con su túnica inmaculada, celestial, intraducible.

Mi cuerpo tembló como la primera vez, cuando me rozó con sus labios carnosos y rosados, y su boca condescendiente y generosa disparó su lengua lasciva, indagadora y serpenteante como una niña inquieta que buscaba su lugar en el mundo.

Han pasado treinta años, pero el amor sigue intacto. Como la primera vez. Nunca se fue, porque el amor nunca se va. Acaso se quede agazapado, silencioso. Casi dormido. Pero el amor nunca se va. Y no calla nunca. El amor en silencio es una multitud vociferante, una fuerza desbocada en las calles de cualquier hombre. Callado pero latente. El amor es la resurrección del Dios que somos. Del Dios que está en todas las cosas. Porque esa es la idea de Dios que tengo. Sin teológicas elucubraciones, ni razones teologales. Es un sentimiento animal que se prolonga en mi deseo, en mi tristeza, en las olas de un mar bravío, en el atardecer de mi infancia, en las manos de mi soledad, en las noches de sexo sin moral y vinos sin fronteras, en los cuerpos tocados sin prejuicios; en los gritos que dimos y que faltan en la quietud de esta vida, cada vez más parecida a un naufragio.

Era tan bella. Es tan bella. Como la noche en la que nos amamos a la luz y al calor de una chimenea ignorante de lo que estaba en juego.

Hace treinta años, pero siento lo mismo que hace trescientos sesenta meses. Aquel joven y este viejo son el mismo. El mismo deseo. El mismo amor que nos bendijo en la primera noche de promesas (me doy por vencido, nunca se cumplen) y eternas lealtades. Compañera del alma, amante inigualable. ¿Qué pasó que nos perdimos? ¿Por qué no fuimos capaces de asesinar a la distancia?

Me hice tantas veces las mismas preguntas que nunca pude reconocer las respuestas pertinentes. Sólo sé que te amé como nunca, como a nadie. Y también sé que te amo como si no existieras. Porque al cabo de los años, comprendí que no se puede amar a una mujer de ojos oscuros y piel de aceituna. Las mujeres de ojos oscuros y piel de aceituna son una ilusión psicodélica. Las mujeres de ojos oscuros y piel de aceituna son invisibles a la percepción de los hombres como yo.

Cuando los leños se apagaron aquella noche indescriptible, y el crepitar de nuestros cuerpos se convirtió en cenizas, sentí que había llegado la hora de la última inmolación.

Y me fui. Irresponsable y violento con mi corazón desconsolado y malherido. “No soy yo el que llora y sufre”, me justifiqué acorralado por la última muerte. “Es el amor el que pierde en este paupérrimo cine sin héroes ni epopeyas, y padece este The End tan inesperado. Como el frágil amor sometido por la vida. Porque ya es hora de saber que la vida es la peor enemiga del amor. Como las mujeres de ojos oscuros y piel de aceituna. Y no pienso discutir con nadie sobre este asunto.


Del libro Papeles del Café Gijón (Babel Editorial) - José Antonio Novo - Córdoba 2020 (Segunda edición)

ISBN 978-987-697-224-6


Comentarios

  1. Me encanto tu relato Pepe. Abrazo.

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  2. Pepe, puedo recordar esa mujer que te enamoró, aunque no sea ella, Barcelona te quemó en vivo. Lindo tu relato

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    1. Qué hermoso que puedas recordar a esa mujer... No importa quién es... Barcelona me quemó el corazón de amor. Muchas gracias!!!

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  3. Tu sensibilidad poética sigue siendo un gozo para los tiempos convulsos que vivimos.
    Un abrazo Pepe desde Zaragoza, y con ganas de volver a verte algún día.

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    1. Ojalá nos podamos ver pronto. Nada me gustaría más, querido Jesús. Sé que sos vos. Muchas gracias por tu sensibilidad y generosidad siempre presente. En estos días subiré un texto que te gustará... Un gran abrazo.

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  4. Tu relato es exacto, extraño, real y presente. Hermoso

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