Abogado, testigo y amigo

La cena en un bodegón de El Tubo había sido la síntesis de la amistad que nos unía. El poncho que me había puesto por el intenso frío no había hecho más que llamar la atención de la gente y abrigarme muy poco. En invierno, hace mucho frío en Zaragoza.

En el piso de arriba, donde nos habían preparado una mesa con mala gana, cenaba muy poca gente. Era tarde. Tres tipos que miraban celosamente, estaban instalados a pocos metros.

Mucho vino, los recuerdos de nuestros países, el bienestar que habíamos alcanzado en esos días y los rincones que íbamos descubriendo en Zaragoza eran, entre otras cosas, los temas de conversación.

Un chiste inoportuno justo cuando uno de los tipos de la otra mesa pasó a nuestro lado yendo al baño (allá dirían lavabo), produjo cierta tensión a juzgar por la cara de culo que puso. Dejó entrever con su gesto que sabía que se tomaría revancha de esa situación.

Daniel y Antonio se quedaron cortados.

Después de los postres y el café, lo de todas las noches. Calle del Sepulcro 44. El Cafetín. A cantar y a pasarla bien. Como siempre. Primero Antonio y al final Daniel. Al cierre, los tres juntos (yo me sumaba con las congas/tumbadoras) tocando música brasileña.

Un tipo de traje, labios rosados, cara pálida y barba rala, junto a dos mujeres hermosas, sentados en los almohadones, miraban y disfrutaban. Al menos, aplaudían mucho y sonreían. Era evidente que era una noche especial para ellos. Parecía un reencuentro. Unas horas más tarde supe que era tal cual lo había pensado.

Cuando terminamos de tocar y bajamos del escenario fui a la barra a pedir una ginebra. Me senté en una banqueta. En ese lugar y en ese instante, sentí en mi cuerpo un insobornable deseo de volver a la Argentina por primera vez en muchos años. No sé cómo había llegado hasta esas emociones pero eran irrefrenables.

Era muy tarde cuando decidimos irnos con Antonio y Daniel a seguir la noche por ahí, y llegamos a un parque de diversiones. Nunca recordaré cómo llegamos a ese lugar.

Luego de tirar al blanco y tratar de ensartar una botella de vinos con las argollas fuimos testigos de una pelea sangrienta entre dos tipos que se daban con todo. En nuestro afán de separarlos y evitar que se mataran, aparecieron los tres tipos que nos habían mirado celosamente en el bodegón donde habíamos cenado. Eran policías. Y nos detuvieron. Nos llevaron a la Jefatura Central. Se les notaban gestos de placer llevándonos detenidos. Era la revancha esperada por aquel chiste inoportuno.

Nos subieron a un automóvil y mientras tratábamos de explicarles que sólo intentábamos separarlos, en lunfardo y con muy pocas palabras, nos pusimos de acuerdo los tres para decir lo mismo. En realidad, no había distintas versiones. No mentíamos. Queríamos evitar que hablando más de la cuenta cayéramos en contradicciones que nos pudieran complicar.

En este momento, mientras escribo, me doy cuenta de que nos preocupábamos más de la cuenta. No éramos delincuentes ni habíamos hecho nada en contra de nada ni de nadie. Pero claro, en esos tiempos, década del setenta, dos argentinos y un uruguayo, llevábamos en el cuerpo una herencia complicada y un abominable recuerdo de la cana (policía).

Luego de unas horas incomunicados y declarando por separado, nos avisan que teníamos un abogado defensor y que se presentaba como testigo de lo que había sucedido en el parque, por lo que nos dejaban en libertad. El abogado había confirmado nuestra versión de que sólo quisimos separar a los tipos que se peleaban.

Salimos los tres aliviados pero no sabíamos qué había pasado. Ni quién era el abogado/testigo que nos había salvado a esa hora de la madrugada.

Cuando recorríamos un largo pasillo para salir hacia la calle vimos al tipo de traje, labios rosados, cara pálida y barba rala con las dos mujeres que nos aplaudieron unas horas antes en el Cafetín.

Era un abogado muy respetado y de un estudio jurídico muy prestigioso de Zaragoza que había visto todo y decidió ayudarnos. Nos hicimos amigos para siempre. Aunque pasen los años y no nos veamos seguido. O casi nunca.

                                                                                     A Jesús García Huici


Crónica del libro inédito "Con el corazón en las manos" (2023)



Foto tomada muchos años después en la dirección donde quedaba El Cafetín, en Zaragoza, que ya no existe más.

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