El llanto de Balmayor

Para Balmayor, el amor era un desgarro enorme que aguijoneaba los costados más desnudos de su alma.

En otras palabras, el amor le dolía y le sangraba. Como aquellos raspones en pleno invierno que se hizo una tarde al caerse de la bicicleta en la esquina del Banco Provincia, al frente de la plaza, justo delante de ella.

Las noches de escarcha a la salida del club luego de las interminables partidas de ajedrez que se jugaban bajo las luces amarillentas del bar, aislados del mundo por los grandes ventanales empañados por el frío, el aliento de los parroquianos, los célebres vapores de la ginebra y la soledad. Así se fue modelando el sentimiento de Balmayor; jovencito movedizo, buscador y sensible.

Él había sentido muchas veces el impacto de la conmoción. Ya sabía llorar y luchar por las multitudes olvidadas que mostraba su corazón en los rostros buenos y mansos de la pobreza. También sabía llorar cuando su viejo le dejaba el rastro de una caricia en la cabeza o le regalaba un segundo luminoso de atención. Balmayor había aprendido a llorar por los momentos más hermosos y dolorosos. El día que ella le dijo que no lo amaba más. Tenía diecinueve años y pensó que se había terminado la vida. No había más. Esa noche, encerrado en el garaje de su casa que se había convertido en habitación para compartir con su hermano y que él había pintado de verde, lloró. Muchos años después comprendería que aquel llanto había sido una sinfonía de dulzura. Recordó cómo aquellas lágrimas se rompieron en las comisuras de sus labios con sus amargas sentencias; y volvió a su memoria aquel nombre inolvidable. Sólo quería pronunciar su nombre. Despacito. Para que no se convirtiera en pasado. Para no sentirse más abandonado.

En aquellos tiempos hubo dolores más dolorosos. El de sus compañeros secuestrados, torturados y asesinados. Miles de desaparecidos, torturados y asesinados. La Patria secuestrada por una banda criminal de militares, civiles, eclesiásticos y lúmpenes. Una banda de genocidas.

Hubo varios llantos que no se olvidaba. Cuando estallaba una emoción que lo conmovía, no había que dudar sobre el origen. Había que buscar fuera de los sucesos ordinarios. Como aquella vez que lloró solo, siempre solo, cuando el cagón de Molinaro le pegó un bochazo en la cabeza a su hermano que estaba caído en el piso, en la vereda de la carpintería de los Chichoni, sobre la calle Edison, al frente del campito del barrio. O aquel domingo de la final con la quinta división cuando se comieron tres y perdieron sin excusas. Justo aquel partido que servía para ganar el campeonato más importante del mundo. Y no pudo. Y se tuvo que bancar el garrón de ser humillado por esos tipos que eran unas bestias y daban lástima jugando al fútbol.

Balmayor sabía llorar por lo que valía la pena llorar, pero uno de los motivos más trascendentes era por la Patria, esa madre grabada en su ser desde las claras aguas del bautismo que sufría otra vez. Ahora con los traidores y cipayos, antes con los asesinos; mucho antes con los que venían de afuera a llevarse todo. La Patria se pasaba la vida sufriendo. Y su pueblo. Y Balmayor también.


Del libro inédito "Con el corazón en las manos" (2023)

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